miércoles, 11 de enero de 2017

Y la casa sin barrer




La casa patas arriba. Cebollas junto a mi hija mientras duerme la siesta. Sopas sanadoras cocinándose a fuego lento. Tomillo. La paz colgando de mi cuello.
Necesito escribir, soltar, soltar, sacudirme. Ir hacia lo verdaderamente importante. A lo esencial.

Tengo una hora libre al día. Quehaceres: limpiar, cocinar, escribir, leer, estar en silencio, cuidar mi cuerpo, descansar, bailar, cantar, etc. Obviamente no se estira tanto el tiempo para llegar a todo, aunque a veces suceden milagros. Cuando no es así, me aturullo y no sé por dónde empezar.

¿Me ducho o escribo?
¿Leo o hago la comida?
¿Hago hipopresivos o como?
¿Vivo o muero?

Criar con la dedicación que yo he decidido (junto a mi marido) requiere de una paciencia, amor y atención infinitas. Por una misma primero.
Si hago la comida (que para mí sería secundario) entonces no tengo tiempo para escucharme.
¡¡¡¿Cómo solucionamos esto, si yo lo que quiero es conocerme?!!!

Gracias a Mardía por ser tan inspiradora y hacer las cosas fáciles. Las que nos aturullamos más, podemos, al menos, inspirarnos en mujeres como ella que cosen y cantan.

En su libro 39 semanas y media, cuenta como sobrevive al día a día, a lo cotidiano, teniendo 2 hijos muy pequeños, embarazada del tercero, trabajando fuera de casa como profe de adolescentes y dando charlas y talleres.
El secreto, dice, es no neurotizarse.  Ser realista. Estar a lo que nos concierne y me decía el otro día cuando yo le contaba que algunos días me resultaban difíciles: lo mejor es centrarse en las cosas buenas. Cambiar pañales con amor te eleva el espíritu, algo así dice también. Me da risa al escribirlo pero creo que entiendo lo que quiere transmitir con esto último.

La crianza de un hijo puede ser el mejor camino espiritual si estamos atentas. Hablaré por mi: cuando dejo a un lado la queja (cansina) y miro a mi hija con atención y amor, se me abren ventanas. Puedo ver las maravillas que quiere mostrarme. Puedo captar su olor exquisito y su mirada pura y limpia. Puedo escuchar que me dice su cuerpo. Y entonces, mi cuerpo se relaja, se ablanda, se hace cobijo, puede recibir el mensaje de la vida.

Cuando dejo a un lado la queja, puedo maravillarme con las hojas bailándole al viento. El misterio que supone cocinar con amor para nutrir a mi familia. El ruido cesa y así todo está bien. No hay planes, ni preocupación en ese instante. La confianza inunda mis párpados. La belleza se derrite ante mi.

Bendita seas hija mía. Gracias por ofrecerme la oportunidad de ser mejor persona cada día.


Se me quema la sopa (me pasa tantas veces...)

Natalia Navarro
*la que cuida de la vida*



2 comentarios:

  1. Un post maravilloso Natalia y muy necesario.
    Un abrazo!

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  2. Muchas gracias Mónica!
    Me alegra mucho que te guste :-)

    Un abrazo grande!

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¡Muchas gracias por tus palabras en mi blog!